sábado, abril 18, 2026
Salones vacíos
La solemnidad de los salones vacíos, donde ya solo el viento sabe leer los antiguos mensajes en símbolos de piedra, de las voces de aquellos que vinieron pero ya dejaron atrás tantas batallas; sangre, polvo y agua mezcladas que son el sustrato de la tierra, el fermento del vino y la cerveza del triunfo que ahora bebemos, sigue. Gritando, siguen cantando en lo oscuro de sus antiguos salones, en lo oscuro de sus antiguas murallas, piedra ganada y desgastada a sangre y fuego, a hierro y agua. Cabalgando en llanuras inmensamente desoladas donde cada día era un momento o quizá el último instante. Sudor que riega también la tierra como sal y agua bendecida. Saliva mezclada en aceite y harina como pan compartido. Estiércol que nos cobija, que nos alimenta en cada verdura. Pero somos más que esto. Mucho más. Cantos lejanos entre campanas, verdura, tierra, sequedad que nos curte la piel, dejándonos cicatrices que solo quien nos ama sabe reconocer. Quien dibuja en nuestro cuerpo con sus dedos como orugas, quien siembra en nuestro vientre como lluvia fértil. Ay de la estéril maldice la Biblia, pero solo Dios en su infinita misericordia habla en boca de profetas, y lleno de amor pone en sus labios, la estéril será madre de muchos, solo aquel que es dueño de todas las semillas sabe plantar sembrar en la tierra que es suya, reclamada, a pesar de los intentos vamos e intereses espurios. Solo el dueño de la Tierra sabe hacerla fértil; "espera, espera, ten paciencia", susurra como un amante amando, que sabe debe seguir adelante pero se demora en el instante porque sabiéndose dueño de todo, tiene también el tiempo en sus manos, en el vientre de la tierra nunca sembrada; aquella que llamaban baldía y estéril, se cubre de flores, se deja la sangre y el sudor si hace falta. "Espera, ten paciencia", susurra suavemente aquel que podría desencadenar la tormenta y el fuego en un instante; susurra tan suavemente que hace estremecer hasta los huesos de los muertos. Todo es fértil y fecundo en su Palabra. Aquel dueño de las palabras pone las palabras. Aquel que es dueño de las semillas, las planta las siembra, las hace crecer. Porque le duele hasta el tallo que se troncha o la flor que se deshoja. Y respira y late en la hoja y en el tronco, en el suelo que crepita bajo el sol o retumba bajo la lluvia. Todo es ritmo, todo es vida. Para el Señor de la Vida todo es vida y hace fecundo y próspero lo imposible.
Y aún no te hablé de la nieve. Besitos de agua que el frío preserva y el calor del sol hace descender hasta el llano. Desgastando la piedra, arrastrando materia que hace fértil los suelos y purificando aquello que parecía imposible.
Hay memoria olvidada que pocos quieren recordar. Mineros del pasado, tendidos contra el suelo, desmigando pliego a pliego, capa a capa con la paciencia de un experto para q no se rompa ni desgarre la piel del tiempo, ya frágil en el olvido. La memoria viva se susurra, se canta, de boca a oído, entre risas, llantos o cantos, que todo es la palabra sonora de la tradición no escrita. Quién entona ahora las viejas canciones olvidadas? Hemos dejado paso a los demonios de arena para que perdure nuestra memoria pero sin entender, sin corazón ni cabeza. A esos demonios no les duelen las viejas heridas, ni reconocen la amarga humedad de la tierra derrotada , de la tierra ganada y desgastada, reclamada, reconquistada. No saben ni gustan ese sabor pues son los sentidos por el tiempo desgastados los que también nos enseñan. Cantarán sin voz y no serán escuchados y su memoria, que es la nuestra, caerá en el mismo olvido que nuestros ajados cuerpos. Pero algo debe salvarse si algo es eterno. Porque somos eternos y tenemos esa promesa . Que no nos falte, que no nos basta.
viernes, abril 03, 2026
Microrelato. El dibujante.
El dibujante permanecía en una esquina de la chocolatería dibujando los rostros habituales. En el papel siempre realizaba el mismo bosquejo. Un circulo, siete rayas, y comenzaba a esbozar cada rostro... En la mesa de la esquina, una madre de aspecto cansado, intentaba que su hija, una pizpireta niña de unos siete años, jugando como suele ser habitual en esa edad, no metiera una sino las dos trenzas ante un gran tazón de chocolate. La niña llevaba un gran lazo rosa en la cabeza y se reía de la preocupación de su mamá, que no dejaba de mirar el móvil de tanto en tanto.
Al otro extremo del salón, el señor Alpaca leía su periódico de cabo a rabo, como solía ser habitual. El dibujante le había llamado así porque siempre vestía trajes antiguos de alpaca y combinaba el pañuelo de su cuello o de su bolsillo con algún anillo de gran tamaño y una piedra a juego. Azul amatista, verde jade, negro azabache, blanco diamante. Se veía que el señor Alpaca no tenía más que su intelectual pose y su gran colección de joyas, pues siempre llevaba los mismos zapatos, quizá demasiado pequeños pero brillantes y apenas usados, porque no gustaba de pasear. Solo de leer. Desde primera hora de la mañana hasta última de la tarde, aparecía con su periódico y una bolsa de libros y leía, leía, leía, anotaba, pensaba, escribía... También era un gran conversador pero siempre y cuando no estuviera escribiendo, ya que perdía la concentración, y podía ser muy rudo si le molestabas en ese instante. Ana, la preciosa camarera, ya lo sabía y cuando veía que dejaba el bolígrafo o guardaba la pluma le indicaba que era el momento de cambiar el vaso, o llevarle el plato de comida fría que solía tomar. Solo a primera hora gustaba de alargar el té o el café, o algo de sopa de cebolla, pero el resto del día se mantenía a base de vino blanco y agua mineral. Solo comía cosas blanditas y frías, y macedonia, a la que era realmente adicto. En la barra los clientes solían ser más variados. Jaime, el dueño de la floristería de la esquina, que solía estar más en la chocolatería que en su puesto, del cual al frente siempre estaba su madre, la señora Gerania; así la llamaba el dibujante. Solo se acercaba a la hora de la comida, a comer con su hijo, y a última, a recogerlo, las más de las veces dormido, a última hora. Doña Gerania era muy antipática pero tenía debilidad por su hijo. Siempre era tolerante con él porque se decía que un amor le había roto el corazón y por eso no era constante ni podía trabajar ni ganarse la vida honradamente. Siempre permanecía en silencio, melancólico, hablando consigo mismo o dormido en un rinconcito que don Ambrosio, el dueño, dejaba siempre para él. Era de esos hombres capaces de quedarse dormidos en las sillas altas de la barra sin caerse. El dibujante le había retratado mil veces porque creía que tenía la cara más peculiar de todas. Podría haber sido actor, se decía, ya que era capaz, en su mundo interior, de representar en su rostro todos los estados de ánimo posibles.
Había horas que la chocolatería estaba realmente abarrotada y el señor Ambrosio solía anunciar con una tosecilla al dibujante que debía liberar la mesita, o bien la bella Ana venía con una sonrisa a decirle bajito, " vuelve en un ratito, tesoro mío" .
Qué decir de Ana. No le pregunté al dibujante pero se veía en sus ojos de gato que sentía verdadera devoción por Ana. A pesar de la edad, a pesar de los años y la figura perdida por el tiempo, el dibujante sentía verdadera pasión por Ana. No muy alta y algo robusta, siempre impecable en su leve maquillaje y su cabello ordenado como una artista de cine antiguo. Solía llevarlo recogido, y siempre olía a jabón antiguo. El dibujante imaginaba que así se debía oler en el cielo, cuando en verano se acercaba con su uniforme de flores y limpiaba la mesa suavemente dejando ese perfume mientras sus pechos suaves derramaban ese aroma. El dibujante se imaginaba siendo amamantando por esos pechos, pero como un bebé. Sentía verdadero respeto por Ana. Y su misterio. Alguna vez a última hora de la tarde la había acompañado a casa cuando llovía, con la excusa de ir bajo el gran paraguas que ella solía llevar, y charlaban. Ella había sido todas las cosas, decía. Y al final, poder servir a los demás era su auténtica vocación. Todos los domingos compraba un ramillete de flores para decorar su casa, y a veces le regalaba al dibujante un clavel blanco. "Algún día me casaré contigo" decía siempre el dibujante cuando la veía alejarse hacia su portal...