viernes, abril 03, 2026
Microrelato. El dibujante.
El dibujante permanecía en una esquina de la chocolatería dibujando los rostros habituales. En el papel siempre realizaba el mismo bosquejo. Un circulo, siete rayas, y comenzaba a esbozar cada rostro... En la mesa de la esquina, una madre de aspecto cansado, intentaba que su hija, una pizpireta niña de unos siete años, jugando como suele ser habitual en esa edad, no metiera una sino las dos trenzas ante un gran tazón de chocolate. La niña llevaba un gran lazo rosa en la cabeza y se reía de la preocupación de su mamá, que no dejaba de mirar el móvil de tanto en tanto.
Al otro extremo del salón, el señor Alpaca leía su periódico de cabo a rabo, como solía ser habitual. El dibujante le había llamado así porque siempre vestía trajes antiguos de alpaca y combinaba el pañuelo de su cuello o de su bolsillo con algún anillo de gran tamaño y una piedra a juego. Azul amatista, verde jade, negro azabache, blanco diamante. Se veía que el señor Alpaca no tenía más que su intelectual pose y su gran colección de joyas, pues siempre llevaba los mismos zapatos, quizá demasiado pequeños pero brillantes y apenas usados, porque no gustaba de pasear. Solo de leer. Desde primera hora de la mañana hasta última de la tarde, aparecía con su periódico y una bolsa de libros y leía, leía, leía, anotaba, pensaba, escribía... También era un gran conversador pero siempre y cuando no estuviera escribiendo, ya que perdía la concentración, y podía ser muy rudo si le molestabas en ese instante. Ana, la preciosa camarera, ya lo sabía y cuando veía que dejaba el bolígrafo o guardaba la pluma le indicaba que era el momento de cambiar el vaso, o llevarle el plato de comida fría que solía tomar. Solo a primera hora gustaba de alargar el té o el café, o algo de sopa de cebolla, pero el resto del día se mantenía a base de vino blanco y agua mineral. Solo comía cosas blanditas y frías, y macedonia, a la que era realmente adicto. En la barra los clientes solían ser más variados. Jaime, el dueño de la floristería de la esquina, que solía estar más en la chocolatería que en su puesto, del cual al frente siempre estaba su madre, la señora Gerania; así la llamaba el dibujante. Solo se acercaba a la hora de la comida, a comer con su hijo, y a última, a recogerlo, las más de las veces dormido, a última hora. Doña Gerania era muy antipática pero tenía debilidad por su hijo. Siempre era tolerante con él porque se decía que un amor le había roto el corazón y por eso no era constante ni podía trabajar ni ganarse la vida honradamente. Siempre permanecía en silencio, melancólico, hablando consigo mismo o dormido en un rinconcito que don Ambrosio, el dueño, dejaba siempre para él. Era de esos hombres capaces de quedarse dormidos en las sillas altas de la barra sin caerse. El dibujante le había retratado mil veces porque creía que tenía la cara más peculiar de todas. Podría haber sido actor, se decía, ya que era capaz, en su mundo interior, de representar en su rostro todos los estados de ánimo posibles.
Había horas que la chocolatería estaba realmente abarrotada y el señor Ambrosio solía anunciar con una tosecilla al dibujante que debía liberar la mesita, o bien la bella Ana venía con una sonrisa a decirle bajito, " vuelve en un ratito, tesoro mío" .
Qué decir de Ana. No le pregunté al dibujante pero se veía en sus ojos de gato que sentía verdadera devoción por Ana. A pesar de la edad, a pesar de los años y la figura perdida por el tiempo, el dibujante sentía verdadera pasión por Ana. No muy alta y algo robusta, siempre impecable en su leve maquillaje y su cabello ordenado como una artista de cine antiguo. Solía llevarlo recogido, y siempre olía a jabón antiguo. El dibujante imaginaba que así se debía oler en el cielo, cuando en verano se acercaba con su uniforme de flores y limpiaba la mesa suavemente dejando ese perfume mientras sus pechos suaves derramaban ese aroma. El dibujante se imaginaba siendo amamantando por esos pechos, pero como un bebé. Sentía verdadero respeto por Ana. Y su misterio. Alguna vez a última hora de la tarde la había acompañado a casa cuando llovía, con la excusa de ir bajo el gran paraguas que ella solía llevar, y charlaban. Ella había sido todas las cosas, decía. Y al final, poder servir a los demás era su auténtica vocación. Todos los domingos compraba un ramillete de flores para decorar su casa, y a veces le regalaba al dibujante un clavel blanco. "Algún día me casaré contigo" decía siempre el dibujante cuando la veía alejarse hacia su portal...